La reconversión de un tenista de leyenda a las puertas de la cuarta década de vida exige un manejo milimétrico de las energías, pero el destino ha decidido negarle cualquier tipo de tregua a Novak Djokovic. Las dificultades para encontrar las sensaciones idóneas sobre la arcilla fueron admitidas por el propio balcánico semanas atrás en el Foro Itálico, cuando advertía la complejidad de asimilar los rigores de las canchas lentas en esta etapa avanzada de su trayectoria. Sus palabras resuenan hoy con una fuerza profética al repasar el nombre de su primer examinador en la capital francesa: el indomable local Giovanni Mpetshi Perricard.
Un bombardeo local para romper el hielo
El estreno frente al gigante galo representa una antítesis del escenario ideal que Djokovic acostumbra a buscar en las rondas iniciales de un torneo de largo aliento. Históricamente, el balcánico edifica su confianza a través de peloteos extensos y rítmicos que le permiten calibrar su excelsa devolución; sin embargo, Perricard propone un tenis de absoluta destrucción, amparado en la potencia nuclear de su servicio y en la constante reducción de los intercambios. Para colmo de males, el serbio deberá batallar no solo contra el vendaval de saques del número 80 del planeta, sino contra el ambiente hostil de unas tribunas entregadas a la causa de su jugador local.
Superar el bautismo parisino mantendría a Djokovic bajo la presión del público local en una hipotética segunda ronda ante Valentin Royer, sirviendo de antesala para un tercer peldaño donde los demonios de la temporada lo esperan con los dientes afilados. En ese sector del cuadro emergen las figuras del prodigio brasileño Joao Fonseca y del croata Dino Prizmic, el mismísimo verdugo que desnudó las carencias del serbio en la arcilla de Roma y que encabeza la rebelión de la nueva aristocracia del vestuario masculino.
Los guardianes de la segunda semana
La escalada hacia la segunda semana no concede respiros y proyecta unos octavos de final de máxima exigencia frente al noruego Casper Ruud. El escandinavo, dos veces finalista en el feudo de Rafael Nadal y reciente finalista en el Foro Itálico, se presenta como el termómetro definitivo sobre tierra batida, un especialista total que obligará a Novak a un desgaste de larga distancia que su físico prefiere evitar. A diferencia de lo acontecido en el Abierto de Australia, donde los retiros tempranos de Lorenzo Musetti y los pasajes de descanso le permitieron resguardar el motor celular hasta la gran final, París le exigirá batallar cuerpo a cuerpo en cada estación.
El horizonte de los gigantes antes de la gloria
El horizonte definitivo antes del partido cumbre se tiñe con la beligerancia de Andrey Rublev o la velocidad defensiva de Alex De Miñaur en la ronda de los cuartos de final, convergiendo en una hipotética semifinal frente al alemán Alexander Zverev. El único guiño bondadoso que la fortuna le otorgó al actual campeón olímpico fue la ubicación de Jannik Sinner en el extremo opuesto del cuadro, garantizando que el líder del ranking de la ATP solo cruzaría su raqueta en una eventual definición dominical. Para cualquier otro mortal, semejante hoja de ruta equivaldría a una sentencia anticipada; para el hombre que ha convertido las gestas imposibles en su rutina diaria, se trata simplemente de un nuevo libreto hacia la eternidad.
